DEL OTRO LADO DEL CHARCO/ Por Ana María Castillo

UN CONSULTORIO SOBRE RUEDAS

“Tengo tres muchachos, necesito aprender a manejar”. Esas fueron las palabras de Rosmery después de saludarme y subir al automóvil donde imparto clases de conducir diariamente. En algunas ciudades no conviene tanto tomar el autobús, máxime si se tiene hijos, por cuestiones de ahorrar tiempo y evitar incomodidades; usar taxis no es rentable, ya que se tendría que apartar un presupuesto exclusivo para ello. Así como Rosmery, cada día llegan a la escuela otras personas que quieren aprender, reconociendo que esta decisión les garantizará buenos resultados.

Hace más de cuatro años que imparto estas clases y la verdad es que, a pesar de ciertos sustos que he pasado, agradezco a Dios la oportunidad porque me siento útil ayudando a los demás, se fortalece mi paciencia, comparto con diferentes culturas y practico mi inglés. Hasta el sol de hoy, ni sé cómo me entienden o yo los entiendo a algunos de ellos, ja, ja, ja. Cuando me han tocado esos acentos de lugares tan lejanos como África, China, India y Japón, por mencionar algunos, solo digo: ¡trágame tierra! Cada mañana, antes de comenzar, me encomiendo a Dios para que los diálogos fluyan, pero a veces como que hay un pequeño corto circuito en el “caco” y termino con dolor de cabeza. Definitivamente, para aprender el idioma lo importante es lanzarse y hablarlo como salga, porque la práctica “little by little” va haciendo el maestro.

Mientras mis estudiantes y yo vamos conduciendo por la ciudad y les explico las técnicas necesarias, también conversamos sobre diversos temas, tales como la gastronomía, la música, los estudios, la familia, entre otros; algunos de ellos me cuentan cosas que les ha provocado llorar y me han hecho llorar a mí, es como para escribir un libro, pero igual ha habido situaciones en las que nos hemos reído hasta más no poder. 

Una vez un joven me relató la travesía que hizo desde su país hasta llegar a los Estados Unidos y la emoción fue tanta al revivir esos momentos, que tuvimos que estacionarnos un rato, tomar aire y luego cambiar de tema. Cada cabeza es un mundo, dicen por ahí y mientras a algunos les cuesta cruzar el charco, otros lo hacen con facilidad.

Una historia peculiar y simpática me contó Rosa, quien se casó con un viejo “poi lo‘ papele’ (como dice ella) … Y ay finai teiminé ma enamorá que una gatica en caloi”. Recuerdo la vez que alguien me pidió un consejo acerca de ¿qué le convenía mejor, si regresar a su país o quedarse?, ¡tremenda responsabilidad! A veces me han hecho preguntas sobre viviendas en alquiler, trabajos, etc., tal vez me ven “cara de oficina”, pero contrario a sentirme mal, me siento halagada y les conecto con la gente calificada.

El colmo de los colmos sucedió un día cuando uno de mis estudiantes pasó cerca de un lugar donde quería que le vieran conduciendo (para presumir) y con expresión muy seria me dijo que tomara el volante disimuladamente por si perdiera el control, ya que no aguantaría pasar vergüenza.

Son muchas las veces que me cuentan y consultan cosas, pero igual he hecho lo mismo, de manera que mi carro es algo así como UN CONSULTORIO SOBRE RUEDAS.

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C 2024 Ana María Castillo